Sobre el amor verdadero no tiene barreras.
Los pasajeros en el bus observaban con simpatía al caballero con su bastón rojo y blanco cuidadosamente tras cada paso. Él pagó al conductor, y usando sus manos para sentir los puestos de las sillas, caminó el pasillo y encontró la silla vacía que el conductor le había indicado. Luego de estar sentado, puso su mochila en sus piernas y colocó su bastón contra sus piernas.
Había transcurrido un año desde que Nando de 36 años, quedó sordociego, debido a una rara enfermedad que le afectó tanto la audición como la visión, y súbitamente conducido al mundo del silencio y la oscuridad, la frustración y el enojo.
Habiendo sido un hombre ferozmente independiente, ahora Nando se sentía condenado por este terrible giro de fatalidad, de llegar a ser impotente, sujeto a la ayuda de quienes estaban a su alrededor.
- ¿Cómo pudo pasarme esto a mí?, ¿Por qué?, o ¿Para qué?, expresaba él una y otra vez, y su corazón denotaba un terrible enojo.
Pero no importaba cómo había llorado o suplicado, él sabía la dolorosa realidad de que su visión jamás sería recuperada, y como si fuera poco, debía de llevar un par de audífonos especiales en sus orejas, para así poder escuchar mejor. Una nube de depresión cayó sobre él. Todo lo que él tenía era su esposa Georgi.
Georgi era una enfermera oficial, y amaba a Nando con todo su corazón. Al principio, cuando él fue perdiendo notoriamente la audición y la visión, ella lo observaba hundido en la desesperación y comenzó a ayudar a su esposo a ganar fuerzas y confianza.
Él necesitaba llegar a ser independiente otra vez. Su experiencia como enfermera, la había entrenado bien para lidiar con situaciones delicadas, pero ella sabía que ésta era la operación más difícil que había enfrentado.
Finalmente, Nando se sintió preparado para iniciar su rehabilitación en un centro especializado de rehabilitación. ¿pero cómo podría él llegar a ese lugar?
Él estaba acostumbrado a tomar el bus solo, pero ahora le era muy difícil circular por la ciudad por él mismo.
Georgi se ofreció llevarlo al centro de rehabilitación todos los días, a pesar de que estarían en lugares distantes de la ciudad. Al principio, esto confortaba a Nando y llenaba la necesidad de Georgi de proteger a su esposo, quien se sentía muy inseguro de superar este aspecto.
Pronto, Georgi entendió que este método no estaba funcionando, era costoso y extenuante. Nando iba a tener que empezar a tomar nuevamente el bus solo, se decía para sí. Pero sólo el pensar mencionarle esto a su esposo lo hacía temblar. Él estaba todavía muy frágil e inseguro, y muy enojado. ¿Cómo reaccionaría?
Tal como Georgi lo predijo, Nando se horrorizó con la idea de tomar el bus nuevamente solo.
- ¡Mirame mujer, soy sordociego!, respondió gritando.
- ¿Cómo se supone que voy a saber dónde estoy? Me siento como si me estuvieras abandonando. El corazón de Georgi se rompió al oír estas palabras, pero sabía que tenía que hacerlo. Ella le prometió a Nando que cada mañana y tarde subiría al bus con él, tanto tiempo como le tomara, hasta que él lo lograra por sí mismo.
Y fue exactamente así como lo hizo.
Por dos semanas, Georgi, con su uniforme de enfermera, acompañó a Nando hacia y desde su centro de rehabilitación cada día.
Ella le enseñó cómo desplazarse y orientarse, apoyarse en sus otros sentidos, especialmente en el olfato, para saber dónde estaba y cómo adaptarse a su nuevo entorno. Ella le ayudó a hacer amistad con el conductor del bus, quien podría observarlo, y guardarle un puesto. Ella le hacía reír, aún en esos días no muy buenos.
Cada mañana, ellos hacían el recorrido juntos, y Georgi regresaba camino atrás para ir a su sitio de trabajo. A pesar de que esta rutina era aún mucho más costosa y extenuante, Georgi sabía que sólo era cuestión de tiempo para que Nando fuera capaz de tomar el bus por él mismo.
Ella creía en él, en el Nando que ella estaba acostumbrada a tratar antes de que perdiera la vista y audición, quien no temía ningún reto y quien nunca jamás renunciaba.
Finalmente, Nando decidió que ya estaba listo para probar viajar solo. El lunes en la mañana, él colocó sus brazos alrededor de Georgi, su compañera, su esposa, su mejor amiga, y le susurró al oído con voz de devoción y sentimiento:
- ¡Gracias! Gracias por su lealtad, su paciencia, su amor...
Él le dijo adiós y, por primera vez, salieron por diferentes rutas.
Lunes, martes, miércoles, jueves... Cada día fue perfecto para él, y Nando nunca se había sentido mejor. ¡Lo estaba haciendo! Él estaba haciéndolo todo solo.
El viernes en la mañana, Nando tomó el bus para ir al centro de rehabilitación como de costumbre. Cuando estaba pagando, e iba entrando al bus, el conductor dijo:
- ¡Hombre!, de seguro que lo envidio. Nando no estaba seguro si el conductor se refería o no a él. Después de todo, ¿Quién en este mundo podría envidiar a un hombre sordociego, quien luchaba por tomar fuerzas para continuar viviendo y poder llevar una vida independiente otra vez?
Curioso, él le preguntó:
- ¿Por qué dice usted que me envidia? El respondió:
- Debe sentirse muy bien ser cuidado y protegido como lo han hecho con usted. Nando no tenía idea de lo que el conductor estaba hablando, y preguntó otra vez:
- ¿Qué quiere decir?
El conductor respondió:
- Sabe usted, cada mañana de la semana pasada, una bella dama con uniforme de enfermera, ha estado esperando en la esquina vigilándolo cuando usted baja del bus. Ella se asegura que usted cruce la calle sano y salvo, y lo observa hasta que usted entra al edificio del centro de rehabilitación. Entonces, ella le tira un beso, le da un pequeño saludo, y se va... Usted es un hombre con suerte.
Nando sonrió de felicidad, y sus ojos se llenaron de lágrimas. A pesar de que él físicamente no podía verla, él siempre sentía la presencia de Georgi. Él era bendecido, tan bendecido, porque ella le había dado un regalo más poderoso que la visión y la audición juntas, un regalo que él no necesitaba verlo para creerlo:
El regalo del amor que le pudo traer luz, donde existía oscuridad.
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Sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos.