Cuento para pensar sobre el amor, el abrazo, el apretón de manos...
En
mi primer día de labores como profesor adjunto de pedagogía en la
Universidad entré en el aula sintiéndome preso de una terrible angustia.
Un frío silencio fue la respuesta de la clase atestada a mi tímida
sonrisa y breve saludo. Revisé un momento mis anotaciones y di inicio
balbuciente a mi disertación.
Nadie parecía hacerme el menor caso. En
ese momento advertí la presencia en la quinta fila de una joven de
porte tranquilo vestida de blanco, de piel bronceada, ojos vivaces color
castaño y cabellera dorada. Su animado semblante y sonrisa cordial me
alentaron a seguir adelante. Atenta a mi exposición ella asentía con la
cabeza o con un sí y tomaba notas. Proyectaba la reconfortante sensación
de interés cuando yo trataba de transmitir de manera tan insegura.
Empecé a dirigirme a ella y recobré la confianza y el entusiasmo.
Minutos
después me atreví a pasar la mirada por toda el aula. Los demás
estudiantes habían empezado a atender y tomaban notas. Aquella
extraordinaria muchacha me había sacado del aprieto. Al terminar la
lección revisé la lista en busca de su nombre: se llamaba Laura.
En
las siguientes semanas leí sus trabajos. Redactaba con creatividad,
sensibilidad y fino sentido del humor. Yo había pedido a mis discípulos
que pasaran a verme a mi oficina durante el semestre escolar y aguardaba
con especial interés a Laura. Deseaba decirle cómo me había salvado
aquel día y alentarla a que desarrollara sus cualidades de persona
considerada y perspicaz. Pero jamás se presentó.
Unas cinco semanas
después de iniciado el semestre se ausentó durante dos semanas. Pregunté
la causa de su ausencia a los estudiantes que se sentaban cerca de ella
y me sorprendió enterarme que ni siquiera sabían su nombre. Recordé la
aguda observación de Albert Schweitzer: 'Estamos todos tan juntos y sin
embargo todos estamos muriendo de soledad.
Fui a ver a la directora
administrativa de la sección de mujeres. En cuanto mencioné el nombre de
Laura, la dama se sobresaltó y exclamó: - Oh! lo siento mucho, supuse
que usted estaba enterado. Laura se había suicidado.
Laura tenía
apenas veintidós años. El don divino de su individualidad se había
perdido para siempre. Llamé por teléfono a sus padres. La ternura con
que su madre se refirió a ella me indicó que la habían amado, pero era
obvio para mí que ella no se había sentido amada.
- ¿Qué estamos haciendo? pregunté a un colega. Nos ocupamos demasiado en enseñar cosas.
-
¿De qué sirvió haber enseñado a Laura a leer, escribir, hacer cuentas
si jamás le inculcamos lo que realmente necesitaba aprender? No le
enseñamos a vivir jubilosamente, a justipreciarse y a tener conciencia
de su propia dignidad.
Quise ayudar a quienes necesitan sentirse
amados. Daría un curso acerca del amor. Me pasé varios meses buscando en
libros algo que pudiera servirme pero fue poco lo que hallé. Casi todos
los textos trataban el tema con un enfoque sexual o romántico. Era
escaso lo que había sobre el amor en general. Sin embargo, consideré que
si yo actuaba como facilitador mis discípulos y yo podríamos enseñarnos
mutuamente a aprender juntos. Llamé al curso 'Lecciones de Amor'.
Propuse
a mis alumnos que se puede aprender a amar en cualquier momento de la
vida si estamos dispuestos a dedicarle el tiempo la energía y la
práctica necesarios. Pocos faltaban a una sola sesión de lecciones de
Amor. Los participantes tenían que apretarse unos junto a otros a medida
que llevaban consigo a sus padres, hermanos, amigos, cónyuges e incluso
abuelos.
Una de las primeras cosas que intenté aclarar fue la
importancia del contacto físico: 'cuántos de nosotros hemos abrazado
fuertemente en la última semana a alguien que no fuera el novio, la
novia o a su cónyuge? Pocos levantaban la mano. Una estudiante afirmó:
'siempre temo que se interpreten mal mis intenciones. La risa nerviosa
que cundió me reveló que muchos compartían éste punto de vista.
Me
siento afortunado de haber crecido en el seno de una familia en que nos
abrazábamos mucho. Yo asocio los abrazos con un género de amor más
universal.
Pero si tú temes que te interpreten mal comunícale tus
sentimientos a quien estás abrazando. Para aquellos que realmente se
sientan molestos si los abrazan bastará un fuerte apretón de ambas manos
para satisfacer su necesidad de caricias.
Iniciamos la costumbre de
abrazarnos unos a otros al final de cada sesión. Con el tiempo los
abrazos se convirtieron en forma habitual de saludo en la universidad
entre los alumnos de mi curso. Jamás concluíamos una sesión sin un plan
para compartir amor.
Cierta ocasión decidimos expresar gratitud a
nuestros padres lo cual suscitó reacciones memorables. Para uno de los
estudiantes excelente jugador del equipo de fútbol de la universidad, la
tarea resultó en especial incómoda. Sentía un gran amor pero era
incapaz de expresarlo. Tuvo que armarse de gran valor y determinación
para ir a la sala de su hogar hacer que su padre se pusiera de pie y
darle un fuerte abrazo. Le dijo:
- Te quiero papá, y lo besó.
Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas y musitó:
- Lo sé hijo. Yo también te quiero.
Un
secreto del amor radica en percatarse que uno mismo es un ser especial
que no hay en todo el mundo una persona igual a otra. Si tuviera una
varita mágica y pudiera pedirle la realización de un deseo tocaría a
todo el mundo con ella y haría que cada persona dijera con convicción:
- 'En éste instante me agrada como soy. Y me gusta lo que puedo ser. Soy lo máximo'.
La
búsqueda del amor ha hecho de mi vida algo maravilloso. Pero, ¿como
habría sido mi existencia de no haber conocido a Laura?. Estaría aún
balbuceando mi tema ante los estudiantes ajeno a los vulnerables seres
humanos que se ocultan detrás de las máscaras. De haber aprendido a amar
antes quizás le hubiese dicho a Laura lo mucho que me había ayudado en
mi primer día como maestro. ¡Cómo quisiera que Laura estuviera hoy aquí,
conmigo! la abrazaría fuerte y le diría: 'Mucha gente me ha ayudado a
saber que es el amor, pero tú me diste el primer impulso. ¡Gracias, te
quiero!'.
He ahí una de las cosas en que consiste el amor: Compartir
nuestro gozo con la gente. Pero estoy convencido que en alguna forma
misteriosa, el amor que le tengo a Laura ya ha viajado hasta ella.